La vida de Pedro Henríquez Ureña constituye el más excelso modelo a seguir


Pedro Henríquez Ureña, un dominicano de raigambre universal

Por Miguel Collado

Por Ingrid González de Rodríguez
ingridderodriguez@hotmail.com

“Para el espíritu de todo verdadero educador, la ciencia es siempre (una virtualidad que tiende a la acción), y la ciencia, quiero decir, el conjunto de todo saber fecundo y amplio, ha debido aparecer, a los ojos de los grandes maestros que han renovado la enseñanza en América, como el medio más positivo de regenerar a éstas sociedades. La ciencia sistematiza los hechos, los fenómenos, en fórmulas o leyes invariables que no toleran excepción ni atención alguna, las técnicas, las artes útiles, dan reglas para hacer, para proceder”

Vida y obra

La obra intelectual de Pedro Henríquez Ureña refulge en el panorama de la cultura de América y el mundo por sus aportes emblemáticos de trascendencia universal, a la historia, la literatura, la educación, la filosofía y las humanidades en general. Una obra que conserva su vigencia y trasciende la geografía Continental, es compartida y admirada por intelectuales de todos los puntos del planeta, por su traducción a varios idiomas.

La fructífera labor de investigación, la sabiduría y la erudicción alejada de la pedantería, la fina prosa y el elegante estilo de Pedro Henríquez Ureña, continúa fascinando a las generaciones actuales, pues sus palabras trascienden el tiempo, y sus ideas continúan difundiéndose para promover mejores seres humanos.

Hoy recordamos la vida y la obra de un ser humano que vivió entregado a la investigación prolija y al estudio profundo, un dominicano que se sintió americano, y aún cosmopolita, en el exacto sentido de esa palabra que los estoicos acuñaron para expresar que eran ciudadanos del mundo y que él tiempo ha modificado como equivalente a viajero o aventurero intelectual.

La vida del educador se forjó en la infancia

“Pedro Henríquez Ureña nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1884. Hijo de un médico y de una destacada poetiza, la educación de Pedro Henríquez Ureña fue desde temprana edad cursada por los caminos del más dilecto humanismo. Estudió leyes, más su vida estaba destinada a convertilo en hombre de letras, maestro del Ensayo literario y destacadísimo investigador literario y filológico. Llegó a México por el Puerto de Veracruz en 1906 y se incorporó al grupo de la Revista Moderna en la ciudad de México. En la casa que habitaba junto con su hermano Max se realizaban las tertulias de la sociedad de conferencias, Ateneo de la Juventud y Ateneo de México, que llegaron a reunir a los escritores y pensadores más insignes de la primera mitad del siglo XX en México. Alfonso Reyes llegó a decir que Henríquez Ureña era el sócrates de la generación Ateneista y ésta admiración ha sido compartida y heredada por los más variados intelectuales hispanos y estadunidenses”.

El Gran Humanista de América

De hecho, Pedro Henríquez Ureña es uno de los grandes humanistas que ha dado Hispanoamérica, y su magisterio cultural lo llevó de México a París, de la Habana a Madrid, de Minnessota a Havard, y de allí a Santiago de Chile, Montevideo y Buenos Aires. En Madrid perteneció al Centro de Estudios Históricos dirigidos por don Ramón Menéndez Pidal; en México compartió e irradió su sabiduría en todos los ámbitos del mundo cultural; en los Estados Unidos asentó su influencia desde las cátedras universitarias, y en Buenos Aires participó en la ebullición literaria y cultural que se desprendía de la revista Sur.

Pero su vida no fue un lecho de rosas, agotado por el exeso de trabajo, Pedro Henríquez Ureña Murió trabajando en un vagón de tren en Buenos Aires el 12 de mayo 1946, mientras se dirigía a impartir su clase a la universidad de la Plata.

En el ideario de su pensamiento sobre las disciplinas humanísticas, leemos: “Las humanidades no son solamente enseñanza intelectual y placer estético, sino también, fuente de disciplina moral.Acercar a los espíritus a la cultura humanística es empresa que augura salud y paz” agotado por el exeso de trabajo, Pedro Henríquez Ureña Murió trabajando en un vagón de tren en Buenos Aires el 12 de mayo 1946, mientras se dirigía a impartir su clase a la universidad de la Plata.

En el ideario de su pensamiento sobre las disciplinas humanísticas, leemos: “Las humanidades no son solamente enseñanza intelectual y placer estético, sino también, fuente de disciplina moral.Acercar a los espíritus a la cultura humanística es empresa que augura salud y paz.

El Ideario de Pedro Henríquez Ureña

 

Pedro Henríquez Ureña nació en la ciudad de Santo Domingo, el 29 de junio de 1884. Su madre, Salomé Ureña de Henríquez, y su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, le iluminaron, de niño, la senda que habría de seguir toda su vida en procura de los más fundamentales valores espirituales, morales e intelectuales.

Acumuló saber y divulgó conocimientos consciente de que la misión más elevada de todo maestro consiste en dar y contribuir con la unidad de los seres humanos, por lo que se oponía a las diferencias raciales y a las actitudes egoístas. Su visión del mundo y de las cosas, su pensamiento todo, lo hacen ver, a casi 56 años de su muerte, como un ser demasiado adelantado para su época. El mundo de hoy _y, ¿por qué no? el de mañana, también _ necesita de hombres capaces de reconocer que es Pedro Henríquez Ureña, un modelo ejemplar de ser humano a imitar: como hijo, como hermano, como amigo, como esposo, como humanista, como maestro y como ciudadano de América. Los países que visitó y amó lo acogieron como si fuera su legítimo hijo (Cuba, México, Argentina y España, por ejemplo) y ellos sembraron en la mente y en el corazón del insigne humanista dominicano el ideal, la utopía, por una América unida, única, hermanada. Su conducta nunca se distanció de ese ideal, pues su grandeza siempre estuvo cimentada en su condición de hombre íntegro, defensor de sus principios a costa de cualquier sacrificio que le pudieran imponer las azarosas circunstancias que, con frecuencia, hubo de enfrentar, a veces por razones políticas, a veces por razones económicas, a veces por la incomprensión _o la ingratitud_ con que, por la general, son perseguidos los seres con luz como Don Pedro Henríquez Ureña.

En su afán por dar cada vez más de su saber, murió en la Argentina, camino de la universidad, el 11 de mayo de 1946. Su hermano Max, en “Hermano y Maestro”, hace una desgarrante descripción de la forma en que acaeció el fallecimiento inesperado del dominicano más ilustre de todos los tiempos:

“Apresuradamente se encaminó a la estación del ferrocarril que había de conducirlo a La Plata. Llegó al andén cuando el tren arrancaba, y corrió para alcanzarlo. Logró subir al tren. Un compañero, el profesor Cortina, le hizo seña de que había a su lado un puesto vacío. Cuando iba a ocuparlo, se desplomó sobre el asiento. Inquieto Cortina al oír su respiración afanosa, lo sacudió preguntándole qué le ocurría. Al no obtener respuesta, dio la voz de alarma. Un profesor de medicina que iba en el tren lo examinó y, con gesto de impotencia, diagnosticó la muerte. Así murió Pedro: camino de su cátedra, siempre en función de maestro”.

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