¿Dónde está Johnny Lupano? LA NOVELA


POR NESTOR MEDRANO

El Presidente saludó al doctor Elito Balaguer con una mueca dura plantada en su rostro. Le hizo un ademán de condescendencia cuando el hombre de gafas negras y facciones agraciadas bajó la cabeza en  señal reverente.

 -Siéntese, siéntese-le ordenó- dejemos las vainas protocolares.

Elito Balaguer, funcionario inteligente, escudriñador y discreto como tumba, guardó silencio. Esperó. Todavía no eran las cinco de la madrugada en el momento  que un emisario lo despertó: “El Jefe quiere verlo”, le dijo con los ojos enrojecidos por el trasnoche.

 El dictador sacó un álbum de fotografías con letras doradas impresas de uno de los cajones del armario de caoba centenaria que presidía los adornos de su despacho. Balaguer, frío, práctico, sin inmutarse, leyó la inscripción en uno de los bordes del muestrario: “Los Trujillo”. Limpió los cristales de sus anteojos y cruzó las piernas con  paciencia. Sonrió. Un enigma se batía. Lo descifraba en la mirada divagante del amo del país. El tirano sonrió al mirar el rostro joven grabado en una foto antiquísima de su madre, la matrona, en cuyas faldas se escondía todo el mundo al provocar la ira del mandamás.

 -Doctor Balaguer, ¿qué opina de mi familia?-preguntó con esa voz aflautada y una expresión de inocencia en su rostro. Nuevamente el servidor del gobierno vadeaba el río tempestuoso de los humores del Jefe.                                                                                                                         

Elito Balaguer jamás mostraba emoción en sus facciones. Era seco. Engañoso.

No quería pecar de hipócrita y si hablaba en buenos términos de la familia presidencial el primer mandatario advertiría el trasfondo y odiaba la mentira entre sus colaboradores; tampoco podía denostarlos, de todas formas eran sus seres queridos, un dato que a muchos olvidadizos les costó la vida, incluso.

 -Su familia, excelencia-musitó-es como todas las familias pertenecientes a la casta del poder en el país; lo ejerce y disfruta al hacerlo. Tienen como cualquier ser humano imperfecciones, que se hacen notorias por la naturaleza de su linaje…sin embargo, si algo los caracteriza, es el respeto y el temor que le tienen a su investidura. Ni más ni menos…

El  Presidente cerró con violencia el álbum de fotos. Se acicaló el bigotillo incipiente y lo miró a los ojos.

-¡Esos malditos hermanos míos son una sarta de inútiles!-tronó con un vozarrón afinado, de flauta-¿sabe lo que hizo el maricón de Petán, ese mal nacido?

-No, excelencia, no estoy enterado-respondió aturdido, silabeando.

-Secuestró a Johnny  Lupano, ordenó que le dieran una golpiza y lo encarceló ese maldito canalla.

Se levantó de la silla que ocupaba detrás del escritorio  y lanzó el  álbum fotográfico en una gaveta entreabierta del armario.                                              

-¿Sabe, por qué lo hizo?-volvió a preguntar.

-Lo desconozco, señor.

El tirano cerró los ojos. Enrojecía, estaba a punto de sudar. Correría el polvo talco que se untaba en el rostro.

-Lo hizo porque Lupano no le permitió que la mujer le abriera las piernas y le diera el culo. Ese maldito mequetrefe no sabe el lío en que ha metido al gobierno. Porque, claro, la mujer denunció a la embajada que su marido fue secuestrado por el gobierno. ¿Ese cabrón midió las consecuencias de su conducta depravada? Y se vengó por encima de mí ese hijo de la gran puta. El único que tiene derecho a catar culos ajenos soy yo, ¡coñazo!

 Elito Balaguer permaneció inconmovible. El  Jefe sólo deseaba sacar la ira de sus adentros; desahogarse, hablar, gritar, maldecir; es decir, utilizar la artillería pesada de sus peores vulgaridades. Para eso el doctor Elito Balaguer era perfecto, sin esposa, sin hijos, sin nadie con quien cuchichear y blasfemar contra él. Otros funcionarios, otros hombres de su reducido círculo de poder gustaban del bochinche, reír de las penas ajenas, sobre todo si provenían del hombre más poderoso de la patria.

 -Ni mis hijos ni mis hermanos valen un centavo. No son más que una cáfila de mamañemas. Ese anormal no pudo pensar en las consecuencias de sus actos, desde chiquito es un holgazán descerebrado…mierda, toneladas de mierda en la cabeza es lo que tiene en lugar de neuronas. Elito Balaguer sonrió. Oportunidad de exhibir su talento.

-Bueno, Presidente -dijo- no hay nada irremediable. Permítame darle un consejo. Con toda la humildad posible.  El dictador se sentó, llevaba puesta su bata de estar roja, con impresiones rosadas estrambóticas.

-Libérelo personalmente y luego invítelo a cenar, bueno, a los dos; que constaten que no existe contra ellos una actitud hostil oficial, que se trató de una pataleada de don Petán, nada que tenga que ver con usted que es el Estado. Trate de no alterarse mucho, no es bueno para su salud aunque sabemos que goza de una muy buena…

 El Presidente lo observó. En silencio, pensativo, irónico. Elito Balaguer confiaba a ciegas en él, le tenía un agradecimiento casi paternal. Demostró habilidad zorruna y sutil cuando muerto Trujillo el 30 de mayo del 1961 negoció la salida al exilio dorado de los miembros de la familia dictatorial, y aunque no pudo impedir que el hijo mayor de la dinastía, jefe de las fuerzas armadas, pasara por las armas a varios luchadores desafectos, se anotó la insignia de llevarlos lejos de la nación que los vivió y los sufrió durante más de 30 años de dictadura sangrienta.

Elito Balaguer le rindió tributo a su memoria siempre.  Por eso lo veía. Intimando con él en sus ebulliciones emocionales, lo escuchaba, le hacía sugerencias que, extrañamente, el Presidente acogía.

 -Dígales que son un orgullo para el país-continuó con efusividad-reitéreles y busque los medios para que la embajada se entere, que el incidente fue un acto personal de su hermano.

-Debí encerrar a ese cabrón del diablazo- volvió a explotar…

-Déjelo así, que familia es familia y más pesa la sangre…

-Esta vez ha sido suficiente.

 El doctor Balaguer palpó la repentina distensión, la calma en las pupilas del Jefe de Estado. El tirano no habló en más de cinco minutos, luego, de golpe:

-Es usted un verdadero bálsamo, doctor Balaguer-afirmó-todos creen que es un mariconcito agachado en las faldas de la poesía, ¿todavía escribe poesía?, pero de pendejo y maricón no tiene nada…se lo aseguro.

 Balaguer no se inmutó con el comentario. Tenía claro que el temperamento del dictador se diluía en cambios bruscos que podían ir del mal humor a la chanza y al sarcasmo. Junto a él aprendió. Observándolo entendió que el poder no es un premio adjudicado a los débiles o indecisos, sino un fuerte clamor de dominio. Una suerte de acciones dirigidas a la supremacía de unos sobre otros y para mantenerlo hay que estar conformado por una piel impenetrable y gruesa.

-Le agradezco lo de bálsamo-dijo con humildad, jugueteando con las gafas, un gesto sólo expresado en ratos de nervios.  El Presidente sonrió socarronamente:

-No fue un cumplido, Elito-le confesó-pero no niego que es una forma de adjudicarle algún crédito, además, siempre valida mis quejas y hace sugerencias sutiles…sugerencias que incluso van más allá de sus atribuciones. Creo que es un funcionario eficiente, formal, claro, discreto.

El hombre, uno de los arquetipos del liderazgo que se impondría en la política del país, colocándose incluso por encima del bien y del mal tras cinco gobiernos convulsos y uno partido por la mitad, se sonrojó de satisfacción.

-Si me excedo-susurró-le pido disculpas. Sólo quiero contribuir con mantener la calma en su entorno. Es un hecho que la nación debe aquilatar, pues le conviene que el hombre que la gobierna goce de plena armonía en su vida.

 El  tirano se levantó, revisó con gesto de indiferencia el reguero de papeles colocados en una carpeta negra. Se dirigió al cuarto de baño y regresó tonificado.

-Quiero que se encargue desde ahora de vigilar a Isabel Gutiérrez y a Johnny Lupano, manténgase pendiente de ellos y procure que no les pase nada.

 -¿Están amenazados, excelencia?

El gobernante respiró con placer al palpar con su nariz el olor a hierba fresca que penetraba con el viento desde el jardín. Le gustaba la fragancia de los yerbajos y aspiraba con profundidad luego de las lluvias; le recordaba el aroma del campo, el olor a tierra húmeda, a cañaveral y melaza.

 -No es que estén amenazados-dijo con convicción-es que pueden ser víctimas de un juego de mal sabor…y no puedo permitirlo. Simplemente manténgame informado de cualquier situación incómoda; ¿entiende?

-Claramente.                                                         

El Presidente hizo un ademán, acarició su bigotillo y despidió a Elito Balaguer. Lo analizó con el rabillo del ojo. Le parecía un caso excepcional, si no enigmático, uno de esos hombres insondables, con los testículos bien puestos, agradecido y servicial.

Pronto se olvidaría de Elito Balaguer. Seguía nublado; encolerizado con su familia, con sus hermanos; esos depredadores sin carácter se erguían como gusanos de un basurero que hedía a putrefacción, que redundaba en alimañas y bichos, que provocaba sus náuseas más caras.

  Lo inadmisible había sucedido. Casi tres décadas en el poder, con una historia de logros y hazañas, como un héroe del anticomunismo continental, sofocador de conspiraciones clandestinas y persecutor acérrimo de opositores a ultranza, un héroe, y no contaba con un solo hijo heredero de su energía y su potencia, carácter y cojones. Carecía de un hijo para sucederle en el trono, sólo marionetas, payasitos con ganas de dilapidar su fortuna en mujeres y amigos del deshonor.

 Él, el señor de ínfulas de intelectual de terminación clásica, diminuto y de gafas enclavijadas en la cara, Elito Balaguer, era el hijo buscado. Un ideal. El hijo que todo padre en el poder desearía. Con cojones, inteligencia y con dominio de sus propias emociones. Porque, de esa indefensión y de esa humildad incontenible, se transpiraba la fortaleza oculta, que sólo él, con sus poderes de percepción providencial, detectaba.

¿Deliraba? ¿Reconocía la situación confusa que lo abatía? ¿Llegaba su frustración tan lejos? Se preguntaba. Advertía los peligros que se escondían en la distancia.                                                       

Los informes sobre movimientos levantiscos y conspirativos fluían en su despacho; enemigos que merodeaban, buscaban la forma de eliminarlo, sacarlo del poder, luchaban por convertirlo en un mártir, por mancillarlo, por quitarlo del medio sin pensar en los méritos que lo adornaban como reformador de la patria. Así pensaba.

 Querían matarlo, hacerlo añicos, esos blasfemos que le decían dictador porque se protegía y protegía a los suyos, porque perseguía y mandaba a matar o mataban en su nombre para preservar la integridad de hierro del régimen que encabezaba.

 Pero sus enemigos también germinaban, se multiplicaban como verdolaga en el seno de su familia. Esos dinosaurios. Ese maldito imbécil que por poco jode la vaina con sus descarrilamientos morales. Ese tragafuegos, incapaz de medir los

alcances de sus actos; ese bárbaro que debe auxiliarse de subterfugios para levantarse una hembra.

-¡Ese maldito imbécil!- gritó dejando caer los puños sobre la superficie del escritorio.  Si no fuera por su madre que los protege. Se esconden como ratas barnizadas de miedo entre sus faldas, se agachan como cobardes sin cojones para no dar la cara. Pero lo hacen. Lo retan, lo obvian, lo atenúan. Ese mal nacido. Sudaba. El polvo talco de su rostro se cuarteaba, se borraba con las sudoraciones transpiradas y la ira se apoderaba de él. De su conciencia, de sus sentidos crispados. Soy un titán indoblegable. Amo y señor del poder, dueño perpetuo de las extensiones del país, de sus mares, de su ámbito; ¿lo ignoraba el mequetrefe de su hermano? ¿No lo sabía ese bastardo? Maldito animal del monte. Sucio maldito, maldito ignorante.

 Elito Balaguer cayó en cuenta: recordó los temores confesados a él por  Johnny Lupano. Estaban fundamentados, lo demostraba su actual situación. El presidente Trujillo, a su modo de ver, lucía preocupado también. Sabía, como lo sabía todo el mundo que el poder iniciaba y terminaba en él. Pero, ni él mismo conocía los alcances del poderío de sus hermanos y de sus hijos: Flor de Oro, que tantos malos ratos y sinsabores le había provocado con desvaríos amorosos como el que significó Porfirio Rubirosa, la única que lo había situado entre la espada y la pared por el amor de un macho pinga de luz, amenazando con suicidarse si no le permitía casarse con el chulo de fama universal; el hijo, que no servía más que

para derrochar fortunas y perder el tiempo con sus amiguitos de pacotilla. Nada ni nadie los contenía, por lo que, lamentó la suerte de Johnny Lupano. ¿Qué podía hacer él? ¿Poseía la voluntad suficiente para intervenir en esos asuntos tan delicados y vulnerables? Ni él mismo lo sabía.

Isabel Gutiérrez se arrodilló frente al altar con todos los santos y rezó, pidió a Dios por su vida y por la de Johnny Lupano. Los motivos existían. Él se portaba como un hombre valiente y decidido a protegerla de cualquier intento por causarle daño; y alguien podía intentar causarle daño. Él había dado muestras de su hombría, pero contra la maquinaria del poder nadie podía enfrentarse solo y vivir para contarlo.

 ¿Qué se podía esperar de un gobierno que atentó contra la vida del presidente Rómulo Betancourt?, ¿qué se podía esperar de un gobierno que torturó y mató a sangre fría a jóvenes desafectos?

 Permaneció de rodillas, también recordando a su padre, Ernesto Gutiérrez de la Matanza con amor. Siempre protector, siempre advirtiéndole que en una nación como la suya lo mejor era no sobresalir mucho, guardar un bajo perfil, sobre todo si se es mujer y artista.

-Ellos, todos ellos, hija-le decía para tentarla a desistir de sus proyectos-, sólo te buscarán para llevarte a la cama y revolcarse contigo; luego, te botarán como un gajo de china.

 Le remordía la muerte fatídica de su padre y esa, era otra espinita, que llevaba clavada en los huesos.

Una respuesta a “¿Dónde está Johnny Lupano? LA NOVELA

  1. Señor Agramonte, para mí es un privilegio que usted haya publicado en su diario digital este fragmento de mi novela que aparece originalmente en Hombre de Letras.

    Éxitos con su proyecto.

    Néstor Medrano

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